 El jaguar negro o la estrella del tigre, es una hermosa zona arqueológica de singulares características urbanas y arquitectónicas. A través de un corto sakbej* (camino blanco) bordeado de árboles de
ramón, cocoyol y pochote se llega a uno de los pocos accesos que
había en las dos murallas que circundan esta antigua ciudad maya que a
su vez conducen a una amplia plaza flanqueada por enormes cerros,
plataformas extensas, impresionantes construcciones abovedadas y un
juego de pelota, todo de volúmenes que empequeñecen a cualquier ser
humano.
Se observan estelas fragmentadas, todavía dispersas y abandonadas a las inclemencias del tiempo, en las que se distinguen aún personajes sentados sobre tonos, bandas de glifos y toda una interesante parafernalia que envuelve y da significado al ambiente pedregoso de las ruinas.

Ek Balam estuvo ocupado desde el Período Formativo Tardío, antes del siglo IV hasta el período colonial. En un principio sus relaciones con centros como Cobá, o quizás otros más al sur, como los de las orillas del río Usumacinta, y luego con las ciudades del Pu’uk* y con el mismo Chichén Itzá, le dieron una configuración que hoy comienza a observarse en sus grandes estructuras restauradas.

Por otra parte las fuentes etnohistóricas, documentos coloniales, indican que Ek Balam fue también un importante centro del Postclásico.
En cuanto al pueblo colonial, se le considera “ejemplo prístino de los comienzos de la formación de la encomienda”. Las intervenciones arqueológicas en esta zona del sitio sugieren que, respecto al intercambio de los primeros años de la colonia, las comunidades de la encomienda fueron comercialmente aisladas después de la conquista y que las redes nativas, fueron mayormente destruidas; aunque el mercado fue desarrollado muy pobremente en el comienzo, ningún sistema de distribución hispánico organizado nació para reemplazarlos, según señala la historiadora Nancy Farris en 1984. Nadie ha comentado en este artículo. |