 En
el extremo sur de la república mexicana encontramos el peculiar
sonido de la “trova”; término que se usa para definir un estilo de
canto popular que tuvo auge a principios del siglo XX. La tradición
empezó en el oriente de Cuba, pero hubo un desarrollo paralelo en
varios países de América Latina, incluyendo a Puerto Rico, Colombia y
México. Las serenatas musicales estaban de moda y el estilo de cantar a
dueto con acompañamiento rítmico de guitarra, evolucionó como un
verdadero arte popular.
Con el nombre de trova yucateca se denomina a ciertos aires musicales mestizos típicos de la península de Yucatán, México, cuyo origen se remonta a finales del siglo XIX y principios del XX. Los géneros propios de la trova yucateca son básicamente tres: el bambuco, de origen colombiano; el bolero, de ascendencia cubana, y la clave, que es una reelaboración del pasillo colombiano. Los compositores de este género incluyen en ocasiones valses, pasillos propiamente dichos, habaneras e incluso jaranas (un género musical nativo también de Yucatán, pero relacionado con los pueblos mayas de la región). Los principales exponentes de la trova yucateca fueron Ricardo Palmerín, Guty Cárdenas y Narciso Serradel, quienes difundieron la música de la península yucateca en los núcleos urbanos del México de principios del siglo pasado.
El conjunto tradicional de la trova yucateca es el trío, compuesto por una guitarra que lleva la rítmica, otra que contrapuntea en el bajo y el requinto, un cordófono de seis cuerdas más pequeño que la guitarra común y con un sonido más agudo.
Empapadas en el rico romanticismo de finales del siglo XIX, las
canciones trovadorescas combinaban la poesía lírica con los ritmos
sensuales del Caribe, tales como la clave, el bolero y el bambuco. En
aquellos tiempos en que no había radio, existían trovadores
trashumantes quienes escribían e interpretaban esas canciones
vernáculas. Algunos de ellos llegarían a ser figuras legendarias en la
historia de la música popular latinoamericana.
En
México, las canciones de la península de Yucatán, conocidas
popularmente como “trova yucateca”, pertenecen a esa categoría. Se
consideran un verdadero tesoro nacional. Fueron el fruto de una cultura
literaria y musical que floreció en Mérida entre 1900 y 1940, tiempo en
que las serenatas y veladas artísticas formaban una parte integral de
la vida social en aquella ciudad.
A
diferencia de las canciones populares en otras partes de la república
mexicana, las canciones yucatecas utilizaban ritmos cubanos, tales como
la clave, el bolero y la habanera y el bambuco colombiano. Éstos son
los ritmos fundamentales para la mayor parte del repertorio de la trova
yucateca. En 1909 Luis Rosado Vega, uno de los más destacados poetas
meridanos, publicó el primer cancionero netamente yucateco, que
contenía 31 canciones. Algunas de ellas eran en realidad colaboraciones
entre yucatecos y colombianos, muestra de un desarrollo paralelo entre
la trova yucateca y la trova colombiana a principios de siglo. De
hecho, es notorio que algunas canciones populares de Colombia llevan
letra de poetas yucatecos, un ejemplo popular es el bambuco La Espina
que tiene letra del mismo Luis Rosado
Vega:
Dicen que cuando murió tan pura y tan bella era que hasta la misma madera de la caja floreció.
Algunos de los trovadores y poetas retratados en el cancionero de
Rosado Vega son Cirilo Baqueiro (conocido por su apodo maya Chan-Cil),
Fermín Pastrana (Huay Cuc), Fernando Juanes Gutiérrez (Milk) y el Dr.
José Peón Contreras, quien fundó el Teatro Principal de Mérida. El
cancionero fue un intento de preservar lo que había sido hasta entonces
una tradición oral, con canciones inéditas aprendidas solamente de oído
por los trovadores quienes se acompañaban magistralmente con la
guitarra. Algunas crónicas de la época escritas por visitantes a la
ciudad de Mérida, nos cuentan de esos trovadores olvidados, sus
hermosas y exóticas melodías, y su destreza para acompañarse en la
guitarra.
La
isla de Cuba también participaba en ese importante intercambio musical
con la península de Yucatán, siendo La Habana el más próximo centro
urbano a la provincial Mérida de aquel entonces. La trova cubana estaba
en su plena época, y compositores como Manuel Corona, Sindo Garay,
Alberto Villalón, Eusebio Delfín y Rosendo Ruiz creaban cientos de
inspiradas canciones que llegaban a la península de Yucatán. Y los
trovadores yucatecos incluían muchas de estas canciones cubanas en sus
repertorios.
Fue
en los años ’20 que la trova yucateca tuvo su época de oro, cuando toda
una generación de compositores, poetas y trovadores penetrados por las
ricas tradiciones literarias y musicales de la península, llegaron al
auge de su creatividad artística. Mérida experimentó una explosión de
creatividad musical cuando compositores como: Ricardo Palmerín Pavia,
Pepe Domínguez Zaldívar, Enrique Galaz Chacón y Guty Cárdenas Pinelo
combinaron sus talentos con los mejores poetas de la región: Rosario
Sansores Pren, Ermilo Padrón López, Ricardo López Méndez, Manuel Díaz
Massa y José Díaz Bolio, por nombrar solamente algunos.
Mientras muchas composiciones yucatecas se pueden clasificar como
“canciones de amor”, no todas caben en esta categoría. Muchas de ellas
siguen tendencias establecidas en la poesía romántica a finales del
siglo XIX: trágicas, melancólicas, con abundantes referencias a la
naturaleza. Algunas son alegóricas, como es el caso en Murió sin una
lágrima, El beso, Las aves y Nido sin alas. Otro ejemplo es Mano
pequeña y blanca:
Mano pequeña y blanca, con palidez de cirio, que gustas de los hondos temblores del martirio;
tus uñas sonrosadas clavan mi corazón como un arbusto frágil, como un arbusto en flores se arrancan de mi vida los últimos amores, las últimas caricias de mi única ilusión.
Blanca casita de mis amores, una de las canciones que aparecen en el
cancionero de 1909 de Luis Rosado Vega, es una nostálgica reminiscencia
de días mejores.
El
estilo de cantar a dueto de los viejos trovadores, es muy diferente a
lo que después se popularizó en los años ’50 con los famosos tríos
panamericanos. En la trova tradicional, la melodía se dividía en
primera y segunda voz; la segunda manteniendo una fuerte presencia
mientras desarrollaba una línea melódica en acompañamiento a la
primera. Según iba evolucionando este estilo, las canciones a veces
fueron compuestas para dos voces, con dos distintas melodías y, en
algunos casos, dos distintos textos cantados al mismo tiempo. Los
intérpretes fueron conocidos por sus habilidades como primero o
segundo, mientras algunos se destacaban como guitarristas
acompañantes.
Los
trovadores cubanos empezaron a viajar a la ciudad de Nueva York allá
por 1909, con el fin de grabar para las casas disqueras americanas; los
yucatecos no habían de hacer viajes parecidos hasta finales de los años
’20. La Ciudad de México fue el primer destino para ellos quienes
venían en busca de mejores oportunidades en el campo de la música. Pero
ese viaje significaba una semana de pasar por malos caminos, cruzadas
de ríos, un vapor hasta el puerto de Veracruz, y después el tren hasta
la capital. Había en el Distrito Federal un ambiente bohemio y
artístico que atraía músicos de muchas partes de la república, pero sus
labores no fueron bien pagadas, y los cantantes yucatecos no fueron
siempre bien recibidos en el show business capitalino. Muchos de ellos
se reunían en un bar llamado El retirito, que era de su paisano Pepe
Martínez. Allí esperaban a ser llamados para cantar serenatas.
Ricardo Palmerín había formado un grupo llamado Cancioneros yucatecos
Palmerín, que gozaba cierta popularidad, y Pepe Domínguez de pronto
llegó con su Quinteto Mérida; sus grabaciones de Quiero de Enrique
Galaz, Fuente serena de Ricardo Palmerín y Lirio blanco de Pepe
Domínguez, son ejemplos clásicos del género. Pepe Domínguez también
hizo grabaciones a dueto con Felipe Castillo, cantando su creación
inmortal Pájaro azul.
Otro
grupo, el Quinteto Yucatán, dirigido por Sergio N. Pérez, se distinguía
por las voces de Ricardo Marrero y Carlos Salazar, y su excelente
conjunto de cuerdas. Estos quintetos usaban mandolina o requinto,
guitarras, y el bajo yuca, un instrumento netamente yucateco que se
toca en posición sentado, como si fuera un violonchello.
Otro
destino común para estos trovadores fue la ciudad de San Antonio,
Texas, donde hizo grabaciones el enigmático Dueto Medi-Salas (Medina y
Salas) en 1928. Su repertorio interesantísimo consistía en canciones
yucatecas y cubanas, y su estilo de cantar a dos voces era una pura y
auténtica manifestación de la clásica trova yucateca. Tan completo es
el conjunto de estas dos voces que se necesitó solamente una guitarra
como acompañamiento. Su versión del bolero Mano pequeña y blanca de
Andrés Acosta, El Tucho, es extraordinaria. Casi nada se sabe de ellos.
Aparentemente se separaron después de hacer estas grabaciones en 1928;
Medina, formando un trío con otros cantantes yucatecos —Lara y Novelo—,
también en San Antonio. El mismo año grabaron el bambuco El nazareno de
Ricardo Palmerín. Eulogio Salas después hizo dueto con Andrés Herrera,
y grabaron un largo repertorio que incluía canciones rancheras y
corridos.
De
semejante carácter es el dueto Los peninsulares, Luis Canto Sierra y
Abdón Alak, quienes interpretaron El beso de Sindo Garay. También en la
lista de trovadores yucatecos que grabaron discos en San Antonio Texas
está Arturo Larios, quien interpretó el bolero Las aves de José del
Carmen Barea, acompañándose magistralmente en la guitarra. De él
sabemos que estuvo presente en el Salón Bach en la Ciudad de México la
trágica noche en que asesinaron a Guty Cárdenas. Es uno de los grandes
valores de la trova yucateca que ha sido prácticamente olvidado.
Guty
Cárdenas se fue a Nueva York, donde grabó los bambucos Nido sin alas y
Yo no quiero que llores (ambos de Ricardo Palmerín), acompañado por el
legendario guitarrista yucateco Juárez Harmodio García. Y nos dejó una
grabación memorable de su magnífica creación Flor, acompañándose con su
guitarra. Ésa fue la primera grabación que Guty hizo en Nueva York, y
es una muestra de su enorme talento como compositor, guitarrista, y
cantante.
Rubén Darío Herrera, compositor y arreglista yucateco, trajo un trío de
excelsos trovadores a la ciudad de Nueva York en 1929: Francisco
Alpuche, Chucho Ferreiro y Daniel Tenorio. Su versión de la lujosa y
erótica canción Claveles, bambuco de Ricardo Palmerín y Manuel Machado
y Ruiz, es una joya.
Y a
la postre tenemos otros dos legendarios trovadores: Santiago Manzanero
y Ramón Peraza, quienes fueron los primeros en llevar al disco un
bambuco de Enrique Santos Chocano y Armando Camejo llamado El jaguar.
Esta obra fue grabada en San Francisco, California, el 2 de abril de
1928, y sigue siendo una de las clásicas del género.
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