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 Los mayas, pueblo de fuertes tradiciones y de espíritu altamente conservador, han logrado preservar la sabiduría de sus antepasados, a pesar de una vida violenta durante la conquista española. Hoy, aunque el mundo se siga transformando y la mezcla de culturas produzcan coloridos sincretismos, podemos presenciar con todos nuestros sentidos verdaderos cultos mayas prehispánicos, en los que el hombre se vincula con los dioses a través del mundo simbólico y poético del ritual.
En Yucatán, entre los indios mayas, se observa una costumbre original que viene desde sus ancestros: costumbre netamente maya mezclada, después de la conquista, a prácticas piadosas conforme al ritual católico. Obra inclusive, de los franciscanos; quienes, no pudiendo desarraigar de golpe, en la raza conquistada, sus antiguos ritos idolátricos, toleraron ciertas prácticas que no se oponían al dogma: como honrar a sus muertos, ofrecer presentes, encender velas y quemar resinas aromáticas.
Historiadores y cronistas, como Landa y Cogolludo, aseguran, -estudiando costumbres de la raza aborigen,- que entre los mayas no existían cementerios en sus ciudades. El maya,-dice el cronista-, sepulta sus muertos en su propia morada. El entierro de sus deudos lo hacía cada habitante a espaldas de su casa, en un recinto o patio libre de malezas y bien barrido, donde era abierta una fosa y en la misma tierra, sin ataúd, colocaban el cadáver introduciéndole en la boca cierta cantidad de masa de maíz bien cocida, llamada "keyem" para que pudiera alimentarse mientras reposaba.... Hecho el entierro, colocaban una señal para identificar la tumba. Generalmente consistía ésta en un corralejo de dos metros en cuadro, hecho de varillas o palos: "coloc-ch‚". Y en tiempos de la colonia marcaban aquellos sitios con una tosca Cruz de madera que colocaban dentro del cuadro. Debido a esta práctica indígena de sepultar los muertos en casa para tenerlos cerca, a fin de poderles ofrendar presentes que consistían en alimentos, frutas y ceras, nació la costumbre de hacer en los días de difuntos los "pibil-uahes" o "mucbilpollos: vianda en forma de tamales envueltos en hojas de plátano con que obsequian, en esos luctuosos días, a las almas de sus parientes muertos.
De ahí el "Hanal-Pixan", que quiere decir: "banquete de las ánimas". En las casas y en los campos, colocan los indios jícaras de atole nuevo y cajetes de comida dedicados a los difuntos; y creen firmemente que, invisibles, descienden las almas a tomar una parte de ella, que es lo que llaman "tomar la gracia".
La fiesta de los muertos es una de esas ceremonias sagradas en la comunidad maya, durante la cual, desde tiempos ancestrales, los vivos hacen ofrendas a los muertos: presentan pequeños sacrificios que van desde flores, comidas y bebidas, con el objetivo de mantener el equilibrio del cosmos íntegro del que depende la grandeza de la vida y su sentido sagrado.
Actualmente, la liturgia a los muertos involucra una serie de relaciones entre vivos y muertos, basada en las ideas sostenidas por la fe católica. El banquete de los muertos, o Hanal Pixán posee muchos símbolos en su belleza austera. Cada familia elabora su propio altar de tres niveles que instala en un lugar especial de la casa. En el primer nivel se pone la ropa, en el segundo los alimentos, flores, frutas y juguetes (ofrenda para las almas de los niños) y en el nivel superior se coloca una cruz fabricada con ramas. Para las animas solas (las almas sin parientes), se cuelgan jícaras con porciones de comida y bebida en el árbol de la entrada o en el marco de la puerta de la casa. Se alumbran el camino con cirios para que las flamas orienten a las ánimas hasta su ofrenda iluminada con velas de colores, sostenida por hermosos candeleros de barro pintado a mano. Si en la ofrenda en la ofrenda encontramos una vela negra, esta representando a una mujer que fue viuda, una vela blanca a una virgen difunta y una azul, a un infante. Los deudos rezan y cantan en cuclillas fervorosamente en la mañana, en la tarde y en la noche. Una atmósfera saturada de perfumes, en la que se destaca el copal (incienso) que se eleva hasta las deidades en pequeñas nubes de humo, abrazan a hombres, difuntos y dioses que se encuentran reunidos para disfrutar un banquete inigualable preparado especialmente, con días de anticipación, para tan magno evento. Los platillos más deliciosos se suelen hornear en pibes (hoyos excavados en la tierra), al calor de piedras, lentamente, durante toda una noche.
Algunos de los exquisitos manjares que se consumen en estas fechas sagradas están hechos a base de maíz, cerdo, venado o pollo. El mucbil pollo es un gran tamal relleno de salsa de tomate, achiote, pavo o pollo y chaya (la espinaca del mundo maya); el relleno blanco es una salsa espesa para bañar las carnes, elaborada con pepitas, otras semillas y chiles; y la cochinita pibil, que está sazonada con achiote, especias y naranja agria. Las comidas se acompañan de un delicado licor de anís llamado xtabentún o de atoles y también de dulces y frutos regionales, tales como el coco, la calabaza, la yuca, el camote, el zapote, el mamey, todos frescos o cristalizados. Las flores amarillas, rosas y moradas, ofrenda universal que sacia la vista y el olfato, magnifican el altar del cosmos.
Ofreciendo partes de sí mismo a las deidades y a los seres que ya pasaron a una vida paralela, los mayas nos revelan su profunda unión con la tierra y su sentido mágico de la vida. Una persona ha comentado en este artículo. 1. ARTECARLOS ADRIAN, No Registrado |